John Lee Hooker

Helen es una niña de apenas 8 años, rubia, pecosa, nariz respingona, ojos de pilluela y pelo con cola de caballo. Aquel día radiante y algo fresco de madrugada vestía una sencilla bata de lunares azules. Llevaba una muñeca de trapo entre sus manitas y jugaba a que su muñeca era su hija querida.

Vivía con su madre desde hacía dos años en una desvencijada y solitaria casa de madera a las afueras de Tupelo. Su padre prefería la compañía de la furcia Lisa, el bourbon, la coca y las mesas de juego en Las Vegas. Su madre se levantaba de lunes a sábado a las seis de la mañana, por las mañanas trabajaba en un supermercado como machacadora de pescado y por las tardes iba a fregar a casas de señoras de bien residentes en la localidad. Casi siempre llegaba a las nueve de la noche a casa y con lo que ganaba a penas le daba para comer y vestir su hija y ella. Los domingos los aprovechaba para estar con su hija, controlar sus estudios, jugar, charlar….

Hoy es domingo en Tupelo, Helen y Mary Ann se han levantado a las nueve de la mañana. Lo primero que han hecho es su aseo personal, levantar las camas y desayunar: un vaso de leche con cacao y cuatro galletas rancias para cada una; su economía no les da para más. Seguro que al cabrón de John le da para pagar a su coqueta foxy lady.

Después de levantar la mesa Helen sale al porche a jugar con su muñeca, esta vez la muñeca va a ser barbie-killer. La niña oye el ruido de un motor de coche que se aproxima. “¿Quién podrá ser a estas horas?”, piensa Helen.

La criatura extrañada se queda mirando fijamente el camino de tierra que conduce a su casa, en dirección este, el sol matutino le refleja en los ojos y se pone las mano derecha en forma de visera para que no le moleste. Mientras transcurre el tiempo ve aproximarse una nube de polvo cada vez más grande y el sonido del motor ruge más y más fuerte. Al minuto ya puede distinguir la silueta de una furgoneta Chevrolet del 43, negra como el carbón. Sin apenas darse cuenta la furgoneta se detiene a veinte pasos de Helen, el motor se detiene, todo queda en un silencio expectante. A pesar del día tan radiante que había salido a Helen le entra un miedo aterrador, le entran ganas de orinar pero se contiene.

La puerta de la Chevrolet se abre con un chirrido molesto, aparece la silueta de un humano de estatura pequeña, ancho de espaldas y un gran sombrero. Al salir el hombre saca del auto una cosa grande, larga. Cierra la puerta y empieza a caminar hacia Helen, despacio muy despacio, el roce de los zapatos con la gravilla suena como el único sonido que exista en el mundo. Unos pasos más y Helen ya puede ver al humano, se trata de un hombre mayor, pequeño, de piel negra. Viste pantalones de tela, camisa, corbatín y un gran sombrero de ala ancha. Sus ojos van tapados con unas gafas de sol y su mirada es seria y adusta. Helen cada vez tiene más miedo. De repente reacciona, da media vuelta y corriendo por toda la casa hasta llegar a la cocina grita:

– ¡Mamá, mamááá! ¡Afuera hay un viejo muy feo y serio!! ¡¡ Mamáa tengo miedo!!!- Se abalanza sobre su madre, colocando su cabeza sobre el vientre de Mary Ann y empieza a sollozar.

Su madre se alarma al momento pero prefiere ocultarlo- ¿Quién coño será a estas horas?-piensa Mary Ann.

– Venga Helen, agarrate a mi mano y salgamos a fuera a ver quién es, no tengas miedo cariño; mamá está aquí- mientras esto decía cogió el cuchillo que tenía más a mano y se lo metía entre su delantal, por si acaso.

Salieron y la madre vio al anciano, al principio no le reconoció pero luego se quedó con la boca abierta y se le paralizó el corazón durante unos instantes; no podía creer lo que veía, era imposible, materialmente imposible. Pero no, era real; tan real como el dolor lacerante que estaba sintiendo en su brazo debido a la presión que estaban ejerciendo las uñas de Helen.

Después de unos segundos la madre reaccionó y balbuceando dijo:

-Pase a dentro, por favor, le prepararé un café.

El anciano llevó su mano derecha hacia su sombrero en modo de saludo y agradecimiento. Entró y le dedicó una cálida sonrisa a Helen. La niña empezó a sentir una alegría inmensa, asomó una sonrisa entre sus labios y sus ojos irradiaban alegría, era como sentir el cariño de aquel abuelo que nunca tuvo. Murió dos años antes de nacer ella.

A los diez minutos los tres estaban sentados en el cochambroso salón mirándose las caras. El hombre sin pensarlo dos veces sacó su guitarra y empezó a tocar “Hobo Blues”.

Al final Helen cayó en la cuenta que el anciano señor con sombrero de ala ancha era John Lee Hooker. Madre  e hija se dispusieron a disfrutar del blues que salía de la guitarra conducida por el hombre y de la voz ruda bourbonera de John Lee Hooker. 

Saludos🙂

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